viernes, 23 de diciembre de 2011

Cuento de Navidad

No lo puedo evitar, me gusta la Navidad. Y no sé por qué cuando digo esto me asalta un sentimiento de culpabilidad, incluso de vergüenza, como si esa no fuera la pose correcta de una eterna aspirante a revolucionaria. Es como una lucha entre lo que debería ser y lo que en realidad es.
Con apenas siete años cayeron en mis manos libros como “Canción de Navidad”, “La vendedora de fósforos”, o “El soldadito de plomo” y sin querer y acurrucada en el sofá con mi  madre me tragaba “¡Qué bello es vivir!”,  o “La gran familia”. Claro, he quedado marcada de por vida.


Me gustan las luces que iluminan los pueblos y las ciudades, me gusta el humo blanco de los puestos de castañas asadas, me gusta la música en la calle, me gusta el frío, la nieve de la sierra que veo desde mi ventana, me gusta más la gente en estos días, porque pareciera que han sido atacados por los fantasmas del Señor Scrooge, y aunque sólo sea por unos días vuelvo a creer en la humanidad.
 Sí, llamadme ñoña, pero es lo que hay.
Una dulce melancolía que a veces me roba una sonrisa, y otras una lágrima, pero que en cualquier caso me seduce con un poquito de esperanza.
Pasé el umbral de la Despensa de Palacio y el olor de mantecados, turrones y otras delicias artesanales invadieron de un cálido perfume mi sentido olfativo y el tintineo de la campana de la puerta principal y la visión de las manos cuidadosas que se afanaban por envolver con delicadeza y mimo cada dulce que iría en una de esas cajas de latón que guardaríamos un año más en casa y que llenaríamos de recuerdos que abriríamos las siguientes Navidades, me obligaba a reconciliarme conmigo misma.

Esa misma sensación, es la que me regalan aquellas personas que se preocupan por hacer de estas fechas, un oasis en mitad de este desierto, un motivo de alegría, sin ellas nos dejaríamos llevar por la indolencia. Gracias a esas personas y a aquellas que lean este post y que se reconozcan como nexos conectores entre sus amigos y su familia, creando encuentros que nos salvan de la lejanía, sin importarles el esfuerzo.
“Haré honor a la Navidad en mi corazón y procuraré mantener el espíritu a lo largo de todo el año. Viviré en el Pasado, en el Presente y en el Futuro; los espíritus de los tres me darán fuerza interior y no olvidaré sus enseñanzas”.

Feliz Navidad.


domingo, 4 de diciembre de 2011

Un Dios salvaje


Esta semana he ido al cine. Sí, suena como si fuera algo excepcional, pero es que cada vez me resulta más difícil la elección. La cartelera granadina es más bien escasa y de dudosa reputación. Echo de menos mi cine Avenida, en la Sevilla de mi “arma”, donde puedo disfrutar de películas extraordinarias y donde escucho las voces y acentos de los actores, y no esos malditos doblajes absurdos que estropean el rito sagrado de perderse durante una hora y media en otras vidas y otros mundos.

“Un Dios salvaje”, esa ha sido la película escogida, animada por mi madre, cinéfila incorregible, capaz de tragarse “Ben-Hur” por cuadragésima vez este año. Acertó en la sugerencia.



Como ya sabréis, es un guión adaptado de la obra teatral de Yasmina Reza, cuyo título original es “Le Dieu du carnage”, Dios de la matanza. En España el título les debió resultar demasiado gore y por miedo a que lo asociaran a la décima entrega de “Viernes 13”, decidieron rebautizar la pieza.

 Apareció en los escenarios a finales del 2008 y fue interpretada en España por Maribel Verdú, Aitana Sánchez Gijón, Pere Ponce y Antonio Molero, todos ellos dirigidos por la directora Tamzin Townsend, que calificó el texto de “una tragedia secreta y tronchante”.



Tres años después, Polanski, escoge para su película a Jodie Foster y John C. Reilly, Kate Winslet y Christoph Waltz, y les reparte las cartas del juego y ellos, la verdad, las juegan muy bien.

La acción la desencadena una pelea entre dos de sus hijos, en la que uno de ellos, sale algo más magullado de la cuenta. Los padres del adolescente malherido deciden solucionar el conflicto mediante el diálogo, sin acudir a los tribunales, algo a lo que accede la otra pareja.

En este punto de la cuestión me acuerdo y pido por las almas de aquellos pobres profesores del siglo XXI que se han visto como mediadores en similares circunstancias, atrapados en verdaderas batallas campales y verbales, como ocurre en esta obra.

Cuatro personajes en busca de una solución que no acaba de convencer ni a unos ni a otros.

Los cuatro disfrazados de gente tolerante y liberal, donde la aspiración de ser se une también a la de parecer. La impostura de los tiempos.

Un whisky de quince años y unos puros como símbolos de una clase social. Un pastel de manzana y unos tulipanes como símbolo del refinamiento y la cordialidad. Una pseudo intelectual que cree en el poder pacificador de la cultura y se piensa con una autoridad moral superior al resto. Un vendedor con aspiraciones, domado y reprimido, con una visión del mundo a lo John Wayne. Una muñequita con ropa de firma, profesional de éxito, que sin embargo perpetúa la rémora de ser “señora de”, buscando constantemente la figura masculina que le reafirme. Un abogado sin  escrúpulos pegado a un teléfono móvil, machista y cínico.



Eso es lo que va apareciendo poco a poco a medida que las máscaras van cayendo, dejándolos desnudos de etiquetas sociales y convencionalismos.

Y comienza el baile de las emociones, y entonces, nosotros, como ellos, pasaremos a estar controlados por nuestras vísceras, como al principio de los tiempos.

Fuera de los arquetipos nos encontramos con personajes poliédricos, la esencia del mono reconvertido a hombre. Cada día con la obligación de domesticar nuestros impulsos para vivir en paz.

Pero, sin duda, lo más descorazonador es el final, un final abierto, pero que a mi modo de ver está muy cerrado.

La acción termina sin una solución al conflicto, con cuatro aspirantes a homo sapiens encerrados en sus discursos y sin puntos de acuerdo, revelando el milagro de la convivencia humana. A veces víctimas y a veces verdugos de un contrato social que hemos firmado para soportarnos.