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jueves, 22 de noviembre de 2012

Sándor Márai: "El último encuentro"


¿Es la amistad más fuerte que el amor? o quizá ¿el amor es un sentimiento más hondo que la amistad? La voz de Sándor Márai habla a través del personaje de Henrik en “El último encuentro” y su elección es clara.
El libro es una búsqueda de la verdad como el fin último que dará sentido a nuestras vidas, una verdad a medias, la verdad que queremos creer y que rogamos que nos cuenten. Así actúa nuestro personaje con su amigo de la infancia, Konrad, pidiéndole una verdad que, en realidad, no quiere oír.

Y si no nos queda la verdad, ¿qué es lo que justifica nuestra existencia? Márai concluye que será la pasión, el delirio que nos mueve y nos transporta, que nos hace olvidar las horas y los días, que nos vuelve locos o cuerdos, que modela el alma y la arrastra. Un rayo de frenesí que ilumina cada bocanada de aire hasta el fin de los días. Un apetito extremo hacia alguien o hacia algo que trae en su misma naturaleza el padecimiento.

Algunos son tierra, como Henrik, apegado a las cosas. Cada objeto que le rodea desvela una memoria de vida, un orden, una disciplina. Otros, como Konrad o Krizsti na son aire, la música es su lenguaje vital, la armonía de lo bello, lo sublime. Volátiles, emocionales, fugaces.
Tierra y Aire se atraen en el erotismo de la amistad o del amor, pero en esa lucha de Titanes es difícil salir ileso.

Si todos buceáramos en el Lago de nuestra vida, encontraríamos la piedra que un día arrojamos, todos sabemos que está allí, en el fondo de esas aguas turbulentas, pero no la vemos, así es la verdad que definiría nuestra vida. No queremos sumergirnos y rescatarla, las aguas son engañosas, las corrientes nos ahogarían.
El marco decimonónico en que nos presenta la novela, y la intriga que nos conduce a través de las páginas del libro, no es más que una excusa para el desarrollo de esa segunda parte donde la palabra de Sándor Márai es demasiado evidente y con la que reflexiona sobre temas universales como el amor, la amistad, el honor, el sentido de la vida, la fidelidad, la vejez…
Una estampa costumbrista que, sin embargo, es necesaria para presentar a los personajes y entenderlos después.
Las mujeres de la novela aparecen descritas con apenas unas pinceladas y en algunas de las sentencias que el autor nos regala, se muestra el sesgo paternalista para con ellas, atribuyéndoles cualidades superficiales y despojándolas de otras que al parecer del autor pertenecen en exclusiva al mundo masculino.


El autor construye “su” novela, como uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir.

“¿Crees tú también que el sentido de la vida no es otro que la pasión, que un día colma nuestro corazón,  nuestra alma y nuestro cuerpo, y que después arde para siempre, hasta la muerte, pase lo que pase?”

jueves, 25 de octubre de 2012

"No me cuentes tu vida" Luis García Montero


Ramón se ha enamorado de la joven rumana que trabaja para su familia. Juan, su padre, desconcertado ante esta relación decide explicarse a sí mismo a través de un diario, intentando encontrar en el pasado un punto de unión con el presente.

Una historia de tres generaciones; la que padeció el exilio tras la guerra, la que vivió la transición y la de aquellos que se enfrentan a un futuro lleno de incertidumbre.
 
 

El periodista Tom Martín Benítez fue el encargado de presentar y moderar el encuentro con Luis García Montero en la Biblioteca Pública Provincial Infanta Elena dentro del programa de encuentros literarios “Letras Capitales” y quien calificó la prosa de García Montero como de “dulce música que termina por componer un libro hermoso, lúcido, para disfrutar y mirarse en él, especialmente toda una generación”.

El poeta ha dejado que la prosa sea la armadura sobre la que descansen la inquietud y la indignación de lo que sucede hoy. Los versos, nos cuenta García Montero, se iban cargando de un tono demasiado colérico, dogmático, y el desdoblamiento del “yo” en una veintena de personajes de distinta procedencia y diferente realidad le permitía mitigar esos sentimientos y encontrar un punto de esperanza.
Una realidad ante la que sólo caben dos opciones: o la renuncia o la lucha. “El optimismo de la voluntad” de Gramsci, tal y como evoca el novel novelista.


En el devenir del libro hay una mezcla entre la realidad vivida por el poeta y la ficción, y es inevitable preguntar qué parte del libro está en su biografía. García Montero nos confiesa que no es más (ni menos) que la elaboración de una experiencia vivida, y la de sus contradicciones, como la que vive él mismo con su desprecio por la inhumanidad del capitalismo y a la vez por el horror del régimen estalinista.

Vivimos situaciones extremas, y en ellas se dan los opuestos; aquellos que pisan a los otros para salvarse y los que están dispuestos a dar su vida por su dignidad y las de los demás. No podemos convertirnos en tecnócratas, pues perdemos la capacidad de emoción, de compromiso humano.

García Montero recuerda en este punto el poema “1936” de Luis Cernuda:

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros,
cuando asqueados de la bajeza humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

En 1961 y en ciudad extraña,
más de un cuarto de siglo
después. Trivial la circunstancia,
forzado tú a pública lectura,
por ella con aquel hombre conversaste:
Un antiguo soldado
en la Brigada Lincoln.

Veinticinco años hace, este hombre,
sin conocer tu tierra, para él lejana
y extraña toda, escogió ir a ella
y en ella, si la ocasión llegaba, decidió apostar su vida,
juzgando que la causa allá puesta al tablero
entonces, digna era
de luchar por la fe que su vida llenaba.

Que aquella causa aparezca perdida,
nada importa;
Que tantos otros, pretendiendo fe en ella
sólo atendieran a ellos mismos,
importa menos.
Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

Por eso otra vez hoy la causa te aparece
como en aquellos días:
noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
a través de los años, la derrota,
cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.

Gracias, compañero, gracias
por el ejemplo. Gracias porque me dices
que el hombre es noble.
Nada importa que tan pocos lo sean:
Uno, uno tan sólo basta
como testigo irrefutable
de toda la nobleza humana.

Cernuda refiere el encuentro con un brigadista norteamericano que se había jugado la vida en su juventud para defender la libertad política de la República española. Aunque Cernuda estaba desilusionado con los acontecimientos, volvió a creer en el sentido de la lucha. Llegó incluso a afirmar que la dignidad de una sola persona asegura la nobleza de una causa y justifica a todo el género humano.
Esta idea fuerza está presente en la vida de Luis García Montero y es la que ha querido trasladarnos en su novela.


“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos” (Gramsci).
 
Por eso, ahora más que nunca, necesitamos la poesía.


lunes, 22 de octubre de 2012

El desierto de los Tártaros


Mi pequeño rincón en el mundo. Tu pequeño rincón. Una diminuta brecha que hemos  abierto con el peso de las horas sobre nuestras vidas y que acaba convirtiéndose en nuestra propia ratonera. Eso es lo que nos cuenta “El desierto de los Tártaros” de Dino Buzzati.
 
 
Caminamos despreocupados por la edad de la primera juventud, un camino que pareciera infinito, sin saber que no es más que un espejismo del árido desierto que apenas acabamos de empezar a recorrer, y en cierto punto, casi de manera inconsciente, uno se vuelve hacia atrás y se da cuenta de que la cancela se ha sellado a sus espaldas y ya no hay retorno.

Tempus fugit!, nos grita el eco de Virgilio desde las páginas del libro, como queriendo redimirnos de la esclavitud de la que seremos cómplices cautivos. Pero irremediablemente el tiempo pasa, y al igual que entonces, nos asimos fuertemente como náufragos de un barco a la deriva al “Carpe Diem” horaciano. Sin embargo, y casi desde el comienzo, sabemos que a Giovanni Drogo el tiempo le ganará la partida, como a muchos otros.

Renunciamos a lo que podría ser por miedo, por comodidad, por rutina, por todos aquellos hábitos que han conformado un nudo a nuestro alrededor que termina por parecernos confortable, mullido, amable. Ya hemos construido nuestra Fortaleza, nunca sabremos qué hay al otro lado de las montañas.
 
 

Porque la espera será el narcótico que adormilará nuestros sentidos, y transustanciada en esperanza, será la fe que nos convencerá de que en la variable aleatoria en la que juegan todos los actos de nuestra cotidianidad, sintamos que hay alguna probabilidad de éxito, que merece la pena concentrar toda nuestra existencia en ella, postergando nuestros sueños y deseos, ignorando las oportunidades perdidas.

A Giovanni Drogo “la vida se había reducido a una especie de broma, por obra de una orgullosa apuesta, todo estaba perdido”. 

La conmiseración de Dino Buzzati con su personaje al final de sus días, no es más que una autocomplacencia consigo mismo, o con todos nosotros, autores de la novela que narra nuestras vidas.
“Valor Drogo, ésta es la última carta, marcha al encuentro de la muerte como un soldado, y que tu existencia equivocada acabe bien, al menos. Véngate finalmente de la suerte, nadie cantará tus alabanzas, nadie te llamará héroe o algo similar, pero precisamente por eso vale la pena.”

No, yo no creo que esa existencia valga la pena. ¿Y tú? ¿Seguirás soñando con que el destino te reserva grandes momentos de gloria, apostado desde tu barbacana?

¿Cuál es tu Fortaleza?

 

“El desierto de los Tártaros” de Dino Buzzati (1906-1972)
http://www.italica.rai.it/scheda.php?scheda=buzzati&hl=esp
http://www.corriere.it/gallery/cultura/01-2012/buzzati/1/dino-buzzati_b2f2584c-46a5-11e1-90ee-63dee1b6b376.shtml#1

domingo, 17 de julio de 2011

La España Oculta

Ya había visto otras obras suyas, pero esta exposición me fascinó, abrió una ventana luminosa, a pesar de la ausencia de color en sus trabajos, y de ese constante blanco y negro con que ha pintado las múltiples historias cotidianas de los pueblos, y me perdí en la escena. Olvidé el punto de vista del artista, me engañó de nuevo y descreí de encuadres y enfoques, tan sólo escuché, a media voz, casi a modo de confesión cada capítulo.
Cristina nos desvela, como ella misma dice, el alma misteriosa, verdadera y mágica de la España popular.
Setenta encuentros inesperados con el amor, el humor, la pasión, la rabia, el dolor. Tan lejanos, pero tan cercanos al mismo tiempo. Algo de aquellas personas convertidas en personajes descubrí en mí en cada encuentro.
Me asaltó el “Volksgeist”, y me sentí más que nunca habitante de esas miradas, de esos paisajes, de esos gestos y pensé en que su destino era el mío propio, o su recreación. Y aquellas fiestas y aquellos ritos golpeaban fuerte en mi conciencia, como un “tan tan” de mis ancestros.
Sorprendo un aspecto romántico o idealizado en aquellas imágenes, quizá por lo que tienen de acontecimientos desaparecidos, o de verdad de unas gentes no mediatizadas por lo que deben sentir ni por lo que deben creer.
Finalmente, me capturó el obturador irremediablemente, y me transfiguró en esa joven. Recordé el seco calor del verano en Castilla y el olor del trigo amarillento en su madurez, el sonido de la hoz y el desgrane de la espiga y sentí las gavillas ejerciendo de noble colchón en mi costado y la trilla de mágica alfombra que mecería mi sueño. Y en ese ensueño yo también me pregunté: “Cuando un hombre…sueña algo: ¿qué es lo que más existe? ¿Él como conciencia que sueña, o su sueño?


sábado, 9 de abril de 2011

La oscuridad del día



Se me va el último resuello del día fugitivo
en la penúltima lágrima del sol,
y los sonoros ecos de la tarde murmuran
preludios de ausencias divagantes.

En la llama oscurecida de los campos
donde alumbran los alientos
de los pueblos, me escapo moribundo y
herido de muerte.

Se escuchan los sueños de las almas
que migran en otras sus
pensamientos y el mundo, en un
todo confuso, pliega al árbol de la vida
sus deseos.

Ya calman las aves sus aleteo y
se asilan en sus mantas
de paja y heno, al tiempo que
los párpados se duermen y una
luz violeta y rosácea arropa los
quehaceres rutinarios y nos
abandona al universal imaginario.

María López Castaño